viernes, 20 de marzo de 2009

RePeaT


Como el ciclo de una lavadora, quizá como unas flechas dibujando una circunferencia, o más bien como hechos que se suceden en las mismas fechas año tras año.
Recuerdo lo que eran las Fallas de principios de siglo, la primera oportunidad de abrirle la puerta a los halos adolescentes, rondando de verbena en verbena, escribiendo al despertar las hazañas de una y otra noche para poder recitarlas epistólicamente a aquellas que distaban más de un autobús de mi casa. Recuerdo que me resultaba intolerante la cantidad de peleas absurdas que había; quizá entonces no entendía lo absurdo del ser humano y mis 16 años me hacían pecar de inocente, de pensar que el mundo era justo.
Otro tipo de Fallas han sido las de emparejado, las de todo planificado, las de cumplir estrictamente con los horarios, dejando de lado todo aquello que pudiera ser espontáneo.
Y, por fin, las últimas: las de la realidad. 07 y 08 fueron las Fallas de Madrid, mientras que 08 y 09 fueron para Villena; no deja de ser anécdota, y tampoco merecen esos titulares. Sin embargo, casualidades de la vida, hacen que las anécdotas se conviertan en las protagonistas.
Diciendo adios a estas fiestas, ardiendo desde abajo hacia arriba (a pesar que los artistas prefieran que sea al revés), el mejor antídoto para afrontar el presente es quemar parte del pasado, sin que quede ningún resto de ceniza, y el aire y el tiempo volatilicen el cartón piedra, pues hay órganos que deben ser, para siempre, blanditos.

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