
Vivimos una temporada aciaga en resultados, víctimas de la corriente que vive nuestra economía, nos hemos infectado del devenir de la sociedad. O quizá de lo que somos presos es del humo, tan barato tras 12 meses en los que el IPC marca en negativo, promesas (que no valen nada) y ese cambio de perspectiva que la pseudomadurez no nos permite asimilar.
Paseo por Valencia, entre la muchedumbre de mediados de marzo; finto por la acera, buscando un espacio que ocupar para obtener mi objetivo: alcanzar un hueco para escuchar el estruendo en el que Rita evoluciona, cual Pokémon, sobre su denso balcón. En un intento de evitar un choque en la infestada capital, pasa una chica que con unas Kempa me habría hecho una falta en ataque. Me quedo quieto, no del impacto entre nuestros cuerpos, sino por el choque del olor que desprende, similar a un antiguo amor. Echo la vista atrás, y empiezo a recordar. Mis ojos se pierden entre la gente, pero en mi mente recupero las imágenes y las sensaciones de tiempos pasados, al más puro estilo Manriqueño.
Un halo de gloria nos cubrió antaño, con sus pertinentes celebraciones acuáticas en los emblemas de nuestra ciudad, así como el alcance de la pubertad en el rendimiento de los dos ciclos de la ESO, tras tantos años imberbes. Con tales precedentes, no costó ningún esfuerzo generar tantas ilusiones, a todos los niveles del club, de que el pelo siguiera apareciendo en nuestra cara. No obstante, la empresa era, cuanto menos, complicada. En un deporte en el que la superación no sólo depende de uno mismo, ni tan siquiera de un grupo, apostar que nuestro caballo volvía a ser el protagonista era sumirnos en un riesgo de inversión filatélica.
Pero este club no vive sólo del disfraz que lleva puesto (“No se deje engañar por las superficies; en el fondo, todo se hace ley”); dentro del traje hay muchos ideales y volumen de trabajo en los bolsillos interiores a los que la luz rara vez alcanza: “seguir dando pasos” era la orden. Y dar pasos positivos implica adaptar este concepto a cada estamento del club (mis árbitros saben bien de qué hablo). La especulación ha llevado a nuestro primer equipo a generar unas expectativas que siendo noveles la probabilidad de error era tan alta que parecía más adecuado hablar de probabilidad de no error.
Otro caso diferente es el de nuestra cantera. En un entorno híbrido, en el que se balancea sin precisión el rendimiento, la formación y lo social, resulta complejo establecer el equilibrio. Traten de ajustar una balanza de dos brazos; nuestra cantera tiene infinitas extremidades. Es cierto que en los periódicos de mañana no saldremos por nuestros éxitos; afortunadamente, nuestro trabajo no es noticia (“No news, good news”). Sin embargo, en mi particular diario intentaría sintetizar en una frase con letras en naranja de grosor de rotulador gastado la hazaña de nuestro infantil de rendimiento.
Nos hacemos mayores, y la barba nos clarea. Cuando caí en el filial, compartir unas cervezas con Rafa implicaba hablar y reírnos de nosotros; las conversaciones se centran ahora en nuestros niños, en infantiles y cadetes. Discutiendo sobre lo psicológico del balonmano, se nos ha escapado otra temporada; deseo que el de Petrer no fuera tu último viaje, aunque ahora sea momento de celebrar que el GRUPO que has formado con Dani y José es uno de los 8 mejores equipos de la CV, a pesar de esa defensa de locos que tanto te critico. Presento, como te prometí, tu candidatura a Entrenador del Club del año; huelgan los votos.
1 comentarios:
Magnífico el tono del post, filtrando la vida a través de la mirada deportiva y el deporte a través del aliento vital. De ahí la vida que hoy es “aciaga en resultados” y ese viandante que hace un “finto por la acera” o que recibe “una falta en ataque” de una chica Kempa. Genial mixtura ésta que tiene menos de retórica que de ontología, esto es, más de realidad que de apariencia.
Yo me hubiese dejado faltar por el equipo femenino entero de las bielorrusas pelusas con babuchas de andar por casa, y hasta que me repasasen el body en plan pivote aferrao a los flancos.
De esos imberbes años de eso, quedan el recuerdo de un incipiente pelo en la cara, un quantum de acné hijodelagranchingada y la sabiduría de que las superficies mienten pero nosotros somos los reyes de las raíces y del mambo. Rilke juega en nuestro equipo.
Supongo que la cantera da piedras y pedradas, y de vez cuando alguna joya con un brazo como de martillo pilón que asusta a los rivales.
Aunque ninguna defensa de locos sea una panacea, vengan esas birritas. Y si alguna bielorrusa, rusa o del lugar quiere algo con nosotros, que sepa que somos unos caballeros en el trato y en la vida, pero unas fieras… en la cancha.
Por cierto, escribe usted de cine.
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